¡Quédate en casa! Lujo de rico

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Rosalía Arteaga Serrano (columnista)

La situación que vive el país y el mundo, nos han puesto frente a la recomendación de los médicos, de los científicos, de los salubristas, de optar por el aislamiento y la cuarentena para evitar el contagio del famoso coronavirus.

En la mayor parte de los países esta no es una situación voluntaria sino forzada, obligatoria, y se castiga a quienes violan la norma, con multas y hasta con prisión. El caso ecuatoriano no es una excepción, en las últimas semanas ha sido prácticamente una veda total, con excepción de los espacios de salud y los servicios básicos de alimentación y bancarios, como una manera de prevenir la extensión de la enfermedad que ha aterrorizado al planeta.

Sin embargo, cuando hacemos un análisis de la realidad de muchas familias en el mundo y particularmente ecuatorianas, nos enfrentamos a enormes dificultades para cumplir la orden y mantenerse en un aislamiento total, que no es por pocos días, ya estamos bordeando el mes de cuarentena.

Esa realidad tiene que ver fundamentalmente con la situación económica de una gran mayoría de ciudadanos ecuatorianos, que no cuentan con los recursos necesarios, que viven el día a día, porque sus trabajos no tienen la garantía de un salario mensual. Dependen de los trabajos eventuales que se presentan, de las ventas diarias, así como también las compras de alimentos se realizan diariamente, las actividades están marcadas por la presencia en las calles, como los juegos de los niños, el compartir en el vecindario, el ir al mercado, el charlar con los amigos.

De ahí que se vuelva difícil de entender y aceptar esa decisión de obligatoriedad de permanecer en la casa. Una casa que no tiene las facilidades que se presuponen, que se vuelve un horno en los lugares más cálidos, que se presta a la intolerancia cuando no hay los espacios suficientes para que cada miembro de la familia desarrolle sus actividades.

¡Quédate en casa! Suena a una imposición difícil de cumplir si se piensa en que no se cuenta con internet ni espacios para hacer las tareas que los maestros exigen, ni para los juegos entre los hermanos ni la intimidad de los padres. La gente que tiene más recursos económicos, aquellas comodidades que todos deberían tener, encuentra más fácil quedarse en casa y cumplir las órdenes. Vale la pena reflexionar en ello. (O)

Tomado de diario El Télégrafo

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