¡Insensibles!

 ¡Insensibles!
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Alfonso Reece Dousdebés (columnista)

Una mujer y su hija de pocos años desmontan un puesto callejero de venta de años viejos diminutos, ante la mirada conminadora de agentes municipales. La enternecedora escena basta para ilustrar la situación. El Municipio metropolitano está empeñado en acabar con las ventas callejeras, no sin razón, puesto que es un elemento de desorden en la ciudad. Campañas de propaganda o acciones represivas para acabar esta anomalía las ha habido desde que me acuerdo, con pocos resultados. Atacan el síntoma, no la enfermedad. El factor de mayor incidencia en el comercio informal es el desempleo, afecta a más de la mitad de los ecuatorianos, porque ese eufemismo ridículo del “empleo inapropiado” no lo tragan las personas medianamente pensantes. Hay otras variables que agigantan el problema, pero son marginales. Es fácil de entender, nadie en sus cabales prefiere una ocupación con ingresos bajos e inciertos, en situaciones incómodas, a un trabajo seguro en condiciones de dignidad… pero de algo hay que vivir.

La escasez de puestos de trabajo es resultado de la suicida legislación laboral. Rígida e inconsulta está diseñada para enemistar a trabajadores y patronos, es decir, para ahondar la lucha de clases, para “agudizar las contradicciones”. Esto no se me ocurrió así nomás, sino que es sostenido expresamente por ideólogos y activistas que, basados en las lúgubres premisas marxistas, creen que el fruto de ese enfrentamiento será la revolución que llevará al socialismo. Las torpes leyes envenenan los ambientes de trabajo, frenan la inversión y asesinan a empresas pequeñas y medianas, que no pueden competir con las grandes que sí tienen posibilidades para sortear el millar de trampas que minan los cuerpos legales ecuatorianos. En la actualidad un empresario, un emprendedor chico o mediano, o simplemente una persona que requiere un asistente para su hogar o su consultorio profesional piensa una y mil veces antes de contratar. Lo hará solo en última instancia o buscará un subterfugio, no siempre legal, para establecer una relación precaria. ¿Hay alguno que no haya visto situaciones como las descritas?

Viendo tan devastadores resultados parece absolutamente imperativo ir a una reforma integral del Código del Trabajo y leyes conexas. Hacer una reformita cosmética, tramposa, en la que no se llame a las cosas por su nombre, que complique en lugar de simplificar, será perder tiempo y desperdiciar otra oportunidad de acomodar este país a la realidad. Por ejemplo, el pago de utilidades y la jubilación patronal, dos ideas particularmente dañinas, deben ser cortadas ya de una vez, no enredadas en “soluciones” a medias. Cuando se votaba en la Asamblea la creación de un impuesto dizque para paliar los efectos del terremoto de 2016, los correístas aullaban “¡Insensibles!” para calificar así a los diputados que se oponían al gravamen… cuya recaudación después sería dilapidada. Quiero usar el mismo adjetivo para calificar a los dirigentes laborales y activistas de izquierdas, atrincherados en la defensa a ultranza de leyes nefastas. No les importa que más de la mitad de ecuatorianos, pobres todos, no tengan acceso a un empleo digno y estén sumidos en el caos de la informalidad. (O)

Tomado de diario El Universo

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