COVID-007

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Alfonso Reece Dousdebés (columnista)

Comencé a escribir este artículo apenas se publicó el anterior, estoy a pocas horas del plazo para entregarlo y otra vez lo someto a reformas profundas. La pandemia despierta un asombroso cúmulo de ideas, de lecturas, de diálogos. Es, sin duda, el evento del siglo. Queda con el penúltimo título. Para quienes teníamos uso de razón en los años sesenta, el espía inglés James Bond fue un ícono. Todos sabíamos que ese 00 antes del 7 significaba “autorizado para matar”. Así sonó la política adoptada por el primer ministro británico, Boris Johnson, para enfrentar la crisis desatada por el coronavirus. Se basaba en dejar correr la epidemia, de manera que se contagie el 60 por ciento de la población inmunizándola, lo suficiente para prevenir una segunda ola de coronavirus o futuros rebrotes que podrían darse cada invierno. Pero sería inevitable un gran número de muertes, concentradas en ancianos e inmunodeficientes. A estos se les recluiría para prevenirles del contagio en lo posible. Los enfermos debían aislarse voluntariamente. Los fallecidos llegarían a decenas de miles, lamentaba Johnson, pero había que elegir entre salvar a algunas de esas víctimas, sobre todo gente mayor con otras patologías, o salvar la economía para todos, ya que se estima que una paralización puede comerse más del 2 por ciento del PIB.

Tenía buenos argumentos, pero es políticamente inviable decir “desgraciadamente muchas familias van a perder a sus seres queridos antes de tiempo”. Recurriendo a “nuevos estudios”, que establecían que serían centenares de miles las víctimas mortales, el jefe del Gobierno reculó y adoptó medidas de paralización como casi todos los otros países. Parece más jugada política que efectiva convicción. La terca realidad permanece. No se pueden extrapolar los casos de Taiwán, Israel o Corea del Sur, que exitosamente se blindaron contra el coronavirus, son países amenazados por potencias externas, que viven acorazados. La experiencia de China debe ser considerada con pinzas, esta superpotencia perdió credibilidad por su turbio manejo de la información al iniciarse la pandemia. En contra están los casos de España e Italia, que sufren una tremenda mortandad, pero más debido a sus éxitos que a sus fracasos, pues tienen una muy alta expectativa de vida y, por tanto, mucha población anciana. Alemania tiene baja mortalidad, gracias a su alta tecnología y excelentes servicios de salud, algo que no se improvisa, pues tomó décadas establecerlos, pero podrían ser sobrepasados.

Las paralizaciones de semanas, que nadie garantiza que serán remedio suficiente, tendrán descomunal impacto económico y pasarán factura en el campo psiquiátrico. Es impensable restablecerlas en caso de un rebrote. Peor en Ecuador, con una economía lesionada por diez años de despilfarro y la criminal asonada de octubre. Tenemos más del cincuenta por ciento de población desempleada, viviendo al día de ocupaciones precarias. La industria del turismo, que ocupa mucha mano de obra, manejada mayoritariamente por pequeñas y medianas empresas, puede colapsar. Centenares de miles de microempresarios, pienso mecánicas y peluquerías, tienen que asumir sí o sí los costos laborales, como si estuviesen funcionando. Se ríe el espectro del hambre. Ojalá que la medicina no sea peor que la enfermedad. (O)

Tomado de diario El Universo

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