Ser mamá

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Gabriel Hidalgo Andrade (columnista)

Sus dolores y alegrías duran toda la vida. Y aunque les tome apenas unos meses recuperar el semblante después del parto, jamás dejarán de sentir los mismos dolores cuando vean a sus hijos sufrir. Ellas tienen esa curiosa capacidad de hacerse pequeñas en el sufrimiento y grandes la victoria.  

Personifican ese instinto de protección inagotable que convierte lo ordinario en asombrosamente hermoso, que provoca contradictorios renunciamientos a todas sus expectativas y todo esto para desvelarse por la agotadora tarea de ser mamá.

Ellas borran nuestros temores y atenúan nuestras angustias, con esa misteriosa fuerza para hacerse invisibles cuando nos hemos levantado de nuestras tristezas. Son el principio, y el punto de encuentro; el resultado, la causa y el lugar de partida. Ellas no se han propuesto ser las mejores para nadie más que para sus hijos por quienes están dispuestas a dar hasta la vida.

Hay razones que la razón no entiende, decía Blaise Pascal. La razón viene del conocimiento y este de la sabiduría. ¿Qué podría esquivar los dominios de la sabiduría racional?

Pueblos enteros de gente buena y alegre fueron devastados en la pandemia. Pero inmediatamente después de la tragedia decenas de miles de gentes de todas partes reaccionaron con una solidaridad descollante. ¿De dónde salieron todas estas personas? ¿Cuál es la razón de su fuerza?

Las madres son las maestras de las emociones de sus hijos. Ellas son quienes enseñan el amor por el prójimo, la solidaridad con el vulnerable y la protección al desamparado.

Los ejércitos de salubristas, militares y policías tienen detrás a madres que les dieron la bendición al salir de sus hogares. Son madres que oran por sus hijos cada día, que envían poderosos crucifijos dibujados en el aire, que sueñan con ellos, que lloran en sus derrotas, que festejan en sus victorias. Ellas, las madres, son las silenciosas forjadoras de tanto amor en la tragedia.

Por esta maravillosa fuerza que mueve nuestro mundo ¡Feliz día Mamá! (O)

Tomado de diario El Telégrafo

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