Robar

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Cecilia Ansaldo Briones (columnista)

No me gusta ni la palabra, por eso evito usarla. Llamar a alguien ladrón debe ser arrojar al otro un lavacarazo de infamia. Algún empalagoso eufemismo nos llega a la memoria a la hora de reconocer la denigrante apropiación de los bienes que no son nuestros: amigos de lo ajeno, uñas largas. Pero que, para muchos, el antes claro derecho de propiedad de los demás se ha volatilizado es cierto. Más todavía cuando esa propiedad es la del difuso rostro colectivo, la del Estado.

El reciente espectáculo de hordas corriendo por determinados sectores de la ciudad dispuestas a atracar a personas y establecimientos es un signo que hay que tomar en cuenta a la hora de evaluar las conductas ciudadanas. Aprovecharse de momentos de perturbación política que provocan las decisiones de gobierno para delinquir está muy lejos de expresar opinión o malestar. Nos retrotrae a los orígenes de un proceder y de unos valores completamente afectados.

No se trata de ser pobre y “reclamar” lo que otros tienen demás, con implícito enjuiciamiento popular. Ni la más extrema izquierda ha propuesto en nuestro país la desaparición de la propiedad privada, aunque un enfoque de los dogmas revolucionarios la contemple. Creo, como decía Primo Levi en su magistral Esto es un hombre, que la anulación de toda posibilidad de poseer “algo” propio (una alhaja, unas fotografías, un papel de identidad) contribuyó notablemente a la reducción del yo personal en los campos de concentración nazi. Cada ser humano necesita un techo sobre su cabeza, un vestuario, unos objetos de primera necesidad. Las decisiones históricas y sociales explican la atroz e injusta desigualdad en materia de propiedades. Pero, al mismo tiempo, las sociedades generan mecanismos para luchar contra la pobreza, dentro de los indispensables marcos legales.

Por eso, alarma tanto el atentado contra los principios básicos del convivir. ¿En qué momento se torció el tronco que debía crecer en una dirección –la de la honestidad– cuando en la misma escuela el niño aceptaba la distancia entre lo mío y lo ajeno? ¿Acaso los padres ya no enseñan esa diferencia? ¿Tal vez no se revisan los útiles de la mochila propia y se ve que empiezan a aparecer los que no se tenían? ¿O acaso el resentimiento social –tan azuzado por el gobierno pasado– ha crecido tanto que fácilmente se concibe la idea de que el pobre tiene derecho a alargar la mano y agarrar lo que “parecía” ajeno?

Con gente que estuvo en la más alta esfera del poder y los cargos públicos, y pronto lució las galas del nuevo rico es fácil entender el descrédito de la honradez. Se fue haciendo en la mente el axioma: “arriba se roba, por qué no yo”, aunque la víctima sea la farmacia del barrio, la despensa de la esquina, el transeúnte semejante. Eso hemos visto el día jueves 3 de octubre. Eso tememos ante cualquier grupo que empieza a visibilizarse en las calles.

Pero como se comenta en las redes sociales, esos conglomerados de comportamiento tan volátil, que parecerían buscar la oportunidad para introducir una ruptura al orden social, son los que votan mayoritariamente. Igualmente, son los que más sufren la precariedad de la vida. Quien atienda su necesidad de educación y sus limitaciones será el más sabio de los sabios. (O)

Tomado de diario El Universo

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