Mendicidad y delincuencia: la breve línea que los separa

 Mendicidad y delincuencia: la breve línea que los separa
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Paola Koppel (columnista)

Desde hace pocos meses, se ha vuelto común en los semáforos de las avenidas principales de Salinas y La Libertad, la presencia de familias enteras con niños pequeños pidiendo centavos a cambio de limpiar los espejos del carro o los parabrisas. Unos se vuelven agresivos cuando no queremos sus servicios, otros venden caramelos, y hay los que simplemente muestran un cartel diciendo, «somos venezolanos, necesitamos ayuda». Esos niños expuestos a accidentes de tránsito, vendedores de droga, vagos y adictos todo el día, ¿acaso no tienen derecho a que las autoridades velen por el cumplimiento de los mismos? Los adultos debemos salir a la calle por trabajo; los niños deben estar en una casa y en la escuela, no arriesgando la vida para inspirar lástima a los conductores y conseguir el dinero para sus padres. 

Pero no son solo mendigos los que ahora nos amedrentan en la calle. Entre ellos se esconden delincuentes que aprovechan una ventana baja para robar carteras y celulares. Tampoco son solo venezolanos, hay argentinos, colombianos y ecuatorianos. La policía cumple la labor de perseguir al delincuente que acaba de robar, pero es conocida la práctica de pasarle a un motorizado el artículo robado y, al no ser portador de la evidencia, los policías tienen que dejarlo ir.

En el caso de que el perjudicado por el robo pretenda asentar una denuncia formal ante la autoridad, tendrá que entregar sus datos personales a esa gente que se siente ofendida por la denuncia. Gente que como ya mencioné, son errantes de una calle a otra, sin domicilio conocido y en muchos casos, sin situación migratoria legalizada, a diferencia de nosotros, ciudadanos con todos esos aspectos legales bien especificados. 

Poner una denuncia contra un extranjero en dudosa situación migratoria, exponiendo nuestra información nos pone en más riesgo aún que bajar la ventana del carro. Eso lo saben ellos y por eso abusan. No somos xenófobos por exigir que se regule a quienes ahora comparten nuestras vidas.

Tenemos derecho a la seguridad y tranquilidad dentro de nuestra casa y nuestro espacio personal. Ya estamos cansados de malabaristas, payasos y franeleros que no nos dejan ni conversar en paz; del hombre o la mujer con bebé en brazos y niño a cuestas que nos obliga moralmente a “ayudarlos” dejándonos el sabor amargo de estar contribuyendo a esa explotación infantil.

Originalmente publicado por WLRTV

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