Los finados y el miedo

 Los finados y el miedo
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Mónica Varea

“¿Qué día es hoy?, le preguntó José Arcadio Buendía a su hijo Aureliano. Este le contestó que era martes. Eso mismo pensaba yo, dijo José Arcadio. Pero de pronto me he dado cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias. También hoy es lunes”.

Hace muchos años, en mi natal Latacunga, los días eran iguales a los de estos tiempos de pandemia: sin nombre y sin fecha. Vivíamos una suerte de tiempo circular, igual que ahora, pero con la diferencia de que mamá se encargaba de recordarnos los días importantes, los de fiesta, los de misa.

Desde muy temprano nos engalanaba, casi siempre con un vestido nuevo que ella misma había cosido, pero a Finados lo reconocíamos también por su olor. Las ollas de agua con hierbas aromáticas y especias hervían a todo vapor. Aparte se cocinaban las frutas y afuera se calentaba y molía el maíz negro para la colada morada. Pero esto no era todo, los nardos con que hacían la corona para la tumba del abuelo también colaboraban con el olor embriagante que nos despertaba ese día para mí sin fecha, pero con nombre: Día de muertos, Finados, Día de los Difuntos…

La visita a la casa de la tía Rosarito, adosada a la iglesia de Santo Domingo, era obligatoria. No sé si antes o después de ir al cementerio. A mí me encantaba entrar en la vieja casa porque un montón de tíos reviejos nos regalaban billetes de 5 y 10 sucres. Pero un día tuve miedo, no de los tíos reviejos de dentaduras móviles, jorobas pronunciadas y olores raros, sino de las almas que penaban en la plaza.

Muchos indios se sentaban en el suelo de la plaza, extendían sus telas coloridas y sobre ellas, comida; ahí cantaban cánticos raros y lloraban. La empleada me contó que llamaban a las ánimas con cantos y que ellas venían a devorar los alimentos ahí servidos. No ve que en la otra vida no comen nada, por eso se hacen así calaveras, cuicos, cuicos.

Y pensar que ahora hay que temer a los vivos, y a los vivísimos…

Hace quince días tuve miedo. Todo empezó con un tuit, continuó con una llamada y terminó con una desbandada de insultos que me han entristecido mucho.

Mi tuit: “Tal vez debería decir: ¡En la una esquina @mariapaularomo, en la otra @LeonidasIzaSal1! Pero no, en la @LibreriaRayuela están juntos, porque la decisión la tiene el lector, no el librero. Estallido $ 25. Octubre, la democracia bajo ataque $ 15. De venta aquí. Eso nomás”.

La llamada: “Moquita, está incendiando las redes sociales, ja, ja. Mándeme el libro de Romo”.

Pensé que era una broma, pero luego confirmé que no, todos los cañones de la intolerancia me apuntaban. Gente que afirmaba saber de qué lado estoy, gente que decía tener asco de mí y de Rayuela, gente que me acusaba de deshonesta, gente, gentío, gendarmes de la verdad absoluta.

Las voces solidarias no se hicieron esperar y las agradezco, porque como dice Fernando Aramburu, Pero yo, que acaso he aprendido pocas cosas, sé que no consto solo de miedo, que hay espacio en mí para la gratitud y hay momentos en mí para la paz, y que, puesto hacer la suma completa, estoy de buenas con la vida. (O)

Tomado de diario El Universo

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