Los así llamados juicios políticos

 Los así llamados juicios políticos
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Iván Sandoval Carrión (columnista)

En el Ecuador, ¿sirven los juicios políticos para obtener un veredicto justo sobre la inocencia, responsabilidad o culpabilidad de un ministro o alto funcionario, en relación con aquello de lo que se le acusa? No necesariamente. Salvo excepciones, los así llamados juicios políticos funcionan como indicadores de la fuerza y capacidad de maniobra política de un gobierno en un momento determinado, y del poder de los diferentes partidos o movimientos, incluyendo los de la contingente oposición. En otro sentido, sirven para hacernos creer que la democracia ecuatoriana funciona y que los así llamados asambleístas nos representan. En síntesis, los juicios políticos se incluyen entre los diferentes ritos de la democracia ecuatoriana, en tanto una democracia “como si”.

Tomo la categoría del “como si” de la clínica psicoanalítica, en la que el término fue inicialmente propuesto por Helene Deutsch en la década de 1930, para designar a ciertas personas que parecen normales y bien adaptadas, pero en las que hay una simple mimetización con el entorno social y cultural, y una falta de autenticidad y de consistencia en su estructura psíquica. Extrapolándolo a nuestro funcionamiento político y sus ceremonias: la democracia ecuatoriana, el Estado y la vida política nacional, desde su origen, carecen de una verdadera institucionalización y solidez estructural. Nuestra democracia no es el efecto de una genuina inscripción en la ley y una identificación estructurante con ella. Nos manejamos con la mera imitación y simulación en el cumplimiento de las ceremonias que proponemos, incluyendo los llamados juicios políticos.

Siguiendo esta condición colectiva del “como si”, tiene pleno sentido el cambio de denominación de “legisladores” por el de “asambleístas”. La condición de un legislador está vinculada a la ley, su sostenimiento, su garantía, su promoción y su proposición. En cambio, una asamblea es un conjunto de personas que se reúnen con diferentes fines, no necesariamente vinculados con la ley. Aquí, la llamada Asamblea es un conjunto de hombres y mujeres que vienen de todo el país y del exterior, se reúnen por un tiempo cada año para diferentes propósitos incluyendo algunos inconfesables, y tienen mejor desempeño como “tramitadores” que como legisladores. Con nuestros impuestos, les pagamos el sueldo a todos ellos y a sus asesores, además de otros gastos. Estas personas, ¿nos representan a los ecuatorianos? ¿Confiamos en sus “juicios políticos”?

Que estos juicios sean “políticos” es incuestionable, en la acepción más cruda y ordinaria de la política: manejo, manipulación, coerción y conquista de los votos para salvar el pellejo o condenar al ministro o funcionario acusado. Pero que sean “juicios” es algo tan dudoso como que los asambleístas nos representen a los ecuatorianos. La función de “representación” es un ideal, más cercano en aquellos países donde los ciudadanos son más responsables, se interesan por los temas que les conciernen y tienen la posibilidad de cuestionar o exigir a sus congresistas a través de los medios, el correo o las redes sociales, y los congresistas interpelados se sienten obligados a responder. Pero aquí nos limitamos a votar y dejamos todo en manos de los elegidos. A partir de ahí, a lo sumo veremos las noticias y nos quejaremos en las redes sociales y páginas digitales, o ni eso.

Tomado de Diario El Universo

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