La mentira como política

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Ramiro Rivera Molina (columnista)

Hace más de 300 años, en Inglaterra circuló un pequeño libro titulado El arte de la mentira política. De su contenido se concluye que la mentira y la política son buenas amigas y compañeras. Tal es la magnitud de la mentira que aparece como una inclinación útil de la condición humana. Ahora, vivimos un caso en el que un caudillo se ha erigido como símbolo y monumento al disimulo.

La madre de todas sus mentiras: prometer una revolución con manos limpias, mentes lúcidas y corazones ardientes. Recordemos, a vuelo de pájaro, algunas de sus otras falsedades: mintió cuando dijo que al general Jorge Gabela lo asesino la delincuencia común. El informe del perito no decía eso. Desde Argentina, Roberto Meza confesó que recibía amenazas de muerte. Las mismas intimidaciones dirigidas a la perito Mantilla en el caso Sobornos 2012-2016.

¿Se acuerdan cuando dijo no conocer al señor Duzac, y aparecían juntos en fotografías? Que no conocía a Alex Bravo, funcionario corrupto de Petroecuador, y en videos le decía en tono amigable: “Alex”. Que no tenía idea del campo petrolero Singue, y que ni siquiera lo había escuchado; pero videos ponían al descubierto su falsedad. Que Alexei Mosquera, su exministro de Electricidad, no había recibido sobornos, sino que era un “pacto entre privados”. Mosquera confesaría que recibió sobornos.

Afirmó que no sabía quién era Pablo Romero Quezada, a quien él mismo lo había posesionado director de la tenebrosa Senain, encargada del plan Assange, el secuestro a Fernando Balda, la persecución al exasambleísta Galo Lara, y otras obscuras gestiones. Al apadrinar su defensa jurídica y su complicidad en el intento de fuga de Romero en España, queda al descubierto una primera cuenta bancaria en un paraíso fiscal, según la denuncia de Balda.

Dijo no conocer a Laura Terán, quien trabajó en la Presidencia de la República y organizó los repertorios detallados de la estructura de sobornos, cuya cabeza principal, a juicio de la Fiscalía, es precisamente quien disponía todo; y sin su venia no se movía una sola hoja del aparato estatal centralizado. Ha llegado a la insólita audacia de sostener que no sabía qué hacía su virtuosa y allegada asesora, Pamela Martínez, a quien él patrocinó para que llegue a su Corte Constitucional de la cerveza y de las tarifas.

El caudillo autoritario siempre mintió y engañó. Elevó a política de Estado la simulación. Durante los diez interminables años, actuó como un timador de tarima, engatusó con la ficción de un gobierno eficiente y honesto. Vendió humo e ilusiones, espantando al pueblo con los enemigos que inventaba, falseando y escondiendo la verdad para sustituirlo con el estado de propaganda.

En el año 1521, Nicolás Maquiavelo dirá a su amigo florentino Francesco Guiciardini: “Desde hace ya algún tiempo nunca digo lo que creo; y nunca creo en lo que digo; y si alguna vez resulta que digo la verdad, la escondo entre tantas mentiras que es difícil de encontrar”. Seguro que el caudillo de acá, de ningún modo entendió el pensamiento de Maquiavelo, padre de la ciencia política. Maquiavelo es un pequeño candoroso ante el portador de la mentira como política. (O)

Tomado de diario El Universo

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