Falta de liderazgo

 Falta de liderazgo
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José Ayala Lasso (columnista)

Una de las críticas que más frecuentemente se hacen al actual Gobierno se refiere a la falta de liderazgo. Un buen líder sabe dirigir, orientar, conducir a las multitudes, convencerlas con su verbo y, más aún, con su conducta. Sereno y eficiente, sobre todo en la adversidad, inspira confianza y credibilidad. En ocasiones, los pueblos llegan a considerar a sus líderes como seres predestinados y se entregan ciegamente en sus manos. Así nacen las tragedias históricas, como fueron los casos de Hitler, Mussolini y Stalin, en el ámbito mundial, o más próximo a nosotros, el de Correa.

Para evitar la tentación del poder, un buen líder debe sustentar su conducta sobre sólidas bases éticas e intelectuales, experiencia y probidad, profundo conocimiento de la naturaleza humana, de la realidad nacional e internacional. Debe ser parco, objetivo y prudente en sus juicios, oportuno y firme en sus decisiones, claro para transmitir su pensamiento y hábil para convencer con buenas razones. Necesita, sobre todo, clarividencia para gobernar pensando con realismo en el presente pero animado por la construcción de un futuro mejor, lo que implica poseer la sabiduría de las grandes metas y de los ideales viables. Debe ser capaz de tocar el alma del pueblo y despertar una reacción de entusiasmo y de realismo. Un estadista sabe inspirar respeto actuando siempre con parsimonia y “dignitas”, como lo exigían los romanos a sus dirigentes.

En una organización política democrática, los estadistas no desean deslumbrar sino ser útiles, responder con eficacia a los retos de cada día y, con mayor razón, a las circunstancias excepcionales. Trabajan en equipo, se rodean de los mejores, asumen compromisos y los cumplen. Hablan con un verbo que convence sin ametrallar, ajeno a los dramatismos, y señalan, sin dudas, el rumbo para llegar a la luz.

Lamentablemente, escasean los estadistas y proliferan los políticos demagogos, sobre todo en sociedades inorgánicas y desordenadas, lo que vuelve extremadamente difícil dirigir a un país en momentos de tragedia, cuando más se necesita la cooperación de todos para encontrar soluciones.

Un ejemplo de lo que debe ser un estadista acaba de darlo el jefe de la oposición en Portugal quien, observando la crisis universal causada por el virus-19 se ha dirigido al Primer Ministro luso diciéndole que no es hora de considerarlo como adversario sino como aliado en la lucha común contra la pandemia. Con elocuencia ofreció su “apoyo incondicional” al gobierno: “Cuente con nuestra colaboración. Todo lo que podamos, ayudaremos. Le deseo coraje, nervios de acero y mucha suerte.

Su suerte es nuestra suerte”. Este ejemplar ejercicio de una democracia pluralista ciertamente explica porqué Portugal, en su lucha contra el virus, ha sido uno de los países más exitosos.

Tomado de diario El Comercio Ec.

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