El perdón de Piñera

 El perdón de Piñera
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Felipe Burbano de Lara (columnista)

De todas las crisis políticas que vive hoy América Latina, la chilena es quizá la que levanta las interrogantes más profundas respecto de la historia reciente de la región y de sus perspectivas hacia el futuro. Y lo hace porque junta un enorme éxito económico, indudable desde los indicadores convencionales que se lo quiera ver, y una protesta y movilización cargada de una desconcertante violencia. Los actos de vandalismo en contra del metro de Santiago y los saqueos en todo el país dan cuenta de la profundidad del malestar, ira y descontento a pesar del éxito económico, e incluso –agregaría– del funcionamiento de la democracia en sus formas procedimentales e institucionales.

Tan profunda es la crisis que el presidente chileno, Santiago Piñera, en un arranque inédito de sinceramiento político, pidió perdón a los ciudadanos. “Es verdad que los problemas se acumulaban desde hace muchas décadas y que los distintos gobiernos no fueron ni fuimos capaces de reconocer esta situación en toda su magnitud. Reconozco y pido perdón por esta falta de visión”. Solo ante las protestas y la violencia esa miopía despertó. Piñera anunció ese mismo día un paquete de medidas sociales por 1200 millones de dólares. Ninguna de las decisiones anunciadas estaba en la agenda presidencial. Primera conclusión: una cierta estructura del poder solo imagina reparticiones de la riqueza cuando se siente acosada desde las calles. Sin esa presión, se vuelve autocomplaciente de su propio éxito.

Está bien que Piñera hiciera un mea culpa a nombre de la clase política y reaccionara con una agenda social. Pero la pregunta de fondo, cuya respuesta permitirá resolver la crisis, es ¿qué produce la falta de visión?, ¿por qué no fueron capaces –como dice Piñera– de reconocer la problemática en toda su magnitud? Podemos decir, efectivamente, que en Chile se produjo una distancia insalvable entre quienes gobiernan y quienes son gobernados, entre el sistema político, los partidos y la sociedad, y que esa distancia produjo un vacío de representación que llevó a la crisis. Toda esa explicación me parece epidérmica y convencional, muy descriptiva. La pregunta fundamental es por qué se produce la miopía, qué lleva a la falta de visión, qué juegos de poder se instalan en la política para no detectar un malestar tan profundo.

Solo esbozo dos intentos muy generales de respuesta. Uno primero tiene que ver con la estructura de privilegios de la sociedad chilena. El modelo vino cargado de unas formas de legitimación de la riqueza y prosperidad que a nadie preocupó, ni a los grupos de poder ni a la clase política, la desigualdad. La pérdida de visión es un ensimismamiento ideológico que lleva a considerar las desigualdades como naturales. Segundo: me parece que hay un problema con el tipo de modernización capitalista y, tal vez de modo más general, con el capitalismo en América Latina. Los saqueos son una forma violenta de incorporarse a unos modos de mercado y consumo que no se logran por la vía convencional. Pero las destrucciones del metro y los bienes públicos son más difíciles de explicar si no es como una reacción a una forma civilizatoria ligada a la modernización capitalista: la deshumanización del mundo, un hastío con la vida social y cultural actual, y la clausura de un horizonte esperanzador de futuro. Chile nos interroga por los dos costados. (O)

Tomado de diario El Universo

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