Disculpas y reconocimiento

 Disculpas y reconocimiento
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Nelsa Curbelo

Ver la imagen de una joven cabizbaja que lleva una maleta para el personaje otrora grandilocuente y matón, ahora sumiso y consternado, que irá a engrosar las celdas y patios del Centro de Detención de Latacunga, resulta conmovedor. ¿Cómo asimilará el hecho de que su destinatario escapó por una trocha a Colombia, quería huir a Panamá para recibir asilo político según su abogado, se divertía en una discoteca de Medellín y ahora se encuentra en la fría madrugada quiteña, con las manos atadas, chaleco antibalas, un casco en la cabeza y con la misma ropa desde hace varios días? ¿Qué pondría en esa maleta?

En la maleta personal del personaje en cuestión no parecen pesar los miles de vidas perdidas en la pandemia, muchos por falta de medicamentos que la red de corrupción robaba de los hospitales y vendía a precios prohibitivos, ni los desempleados, ni la angustia de quienes sobrevivieron.

La pena para todos los sentenciados en el caso Sobornos, además de la cárcel y la devolución de lo robado, impone pedir disculpas públicas en la Plaza Grande en Quito, colocar una placa en el Palacio de Gobierno con un texto que señala la importancia de la ética y recibir 300 horas de cursos sobre ética y transparencia.

Pedir disculpas debería ser un acto libre y voluntario.

En este caso los sentenciados deberán hacer propia una sentencia impuesta. Hacerlo, no como teatro, es un acto de grandeza que purifica a la persona y a la sociedad y permite reparar en algo la confianza en las instituciones y en los funcionarios públicos. Puede convertirse en un acto relevante y aleccionador, que muestra la fragilidad de los comportamientos humanos.

Sería interesante que cada sentenciado haga un texto personal, como personal debería ser el arrepentimiento. Reconocer que actuaron al margen de la ley, dejar el discurso de perseguidos políticos. Puede ser fruto de la cuarentena a la que deben someterse al entrar a la cárcel. Son tiempos para todos de enfrentarse con lo esencial de la vida y de la muerte.

Con ocasión de la ceremonia de la jura de la bandera, no pocos jóvenes se preguntaron qué país cubría esa bandera amada. ¿Se podrían sentir orgullosos de él o el derrumbe moral, político, económico y la desesperanza correen sus sueños, nubla su capacidad de elegir las profesiones que anhelan ejercer? ¿Cuál es su papel para que esta tierra bendecida con tantos climas y riquezas naturales recupere en sus habitantes el orgullo de ser de donde son, la capacidad de salir adelante juntos, la alegría de vivir la riqueza de su cultura diversa? Sienten que tienen muchas incertidumbres sobre los hombros y los más osados sueñan con migrar en busca de estudios y empleo. Un país que expulsa del tejido social a sus miembros más jóvenes no augura un buen presente ni un mejor futuro.

Así como es fundamental que los delitos cometidos no queden en la impunidad, también hay que descubrir a aquellos que mantienen a toda costa la honradez y la dignidad en medio de sus vulnerabilidades. Tienen que convertirse en referentes. Ellos son esas lucecitas de las que hablaba Galeano: “No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores”. Todos iluminan y vencen las tinieblas. (O)

Tomado de diario El Universo

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Columnista

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