Año 1966/Año 2019

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Simón Espinoza Cordero (columnista)

El 11 de julio de 1963, las Fuerzas Armadas tumbaron al presidente Carlos Julio Arosemena. Lo reemplazaron con una junta de militares que se proponían modernizar la estructura del Estado y llevar a cabo reformas socioeconómicas urgentes. Dos años, nueve meses y diecisiete días después, el jefe de Estado Mayor, general Telmo Vargas, cambiaba la Junta por un presidente provisional.

La ciudadanía se había alzado violenta contra la Junta. Tanto fue así que como había luna llena en la madrugada del cambio, palidecían las charreteras del general Vargas en Quito, la sangre de los que combatían en Cuenca era color plata, mientras dirigentes políticos a la luz de la inconstante luna daban a Vargas el nombre del guayaquileño Clemente Yerovi Indaburu de 62 años para presidente provisional.

Y así se hizo el 30 de marzo. En el ministerio de Defensa juraba don Clemente revivir la economía muerta, convocar elecciones para una Constituyente que nombre quién gobernaría y si el agraciado no era él, se volvería en su auto a Guayaquil. Y se volvió. Diez años después confesaba a diario El Tiempo de Quito: “Los días de mi presidencia me encomendaba a Dios en las mañanas, pidiéndole equivocarme lo menos posible, llegar a la Constituyente y no tomarle cariño al Poder”. ¿Cómo no confiar en Yerovi? Impuso medidas económicas muy duras, mejoraban las finanzas y la gente le quería.

+Lo opuesto le pasó a la Junta Militar compuesta por los jefes de las tres Ramas y el coronel Marcos Gándara, senador Funcional. Trabajaron muy bien: No aceptaron el Protocolo de Río, hicieron Reforma Agraria en 800 haciendas, abolieron el Huasipungo, desarrollaron la cuenca del río Guayas, descubrieron y exploraron la riqueza petrolera, restauraron la Escuela Politécnica Nacional y con el gran economista Corsino Cárdenas modernizaron la administración pública. Mientras la Junta combatió el comunismo e hizo reformas favorables a los grupos de poder, pudo gobernar. Pero cuando decidió tocar a los grupos oligárquicos con Guayaquil a la cabeza empezó la guerra contra los reformistas. La Junta perdió la calma y reprimió con fuerza. Cuando universitarios violentos agredieron a militares, la represión en la Universidad Central fue feroz.

La lección de este paralelismo es triste. La oligarquía amenazada se vuelve populista, mueve a los ignorantes, arma a los débiles, financia los golpes de Estado. En octubre de 2019, la supresión de los subsidios a los combustibles fue un golpe a la hegemonía de los grandes contrabandistas, que no están solamente en las fronteras sino a orillas de la mar Pacífica. La Conaie, los sindicatos de trabajadores y el Partido Socialcristiano se oponen a las reformas del Presidente. ¿Han perdido la visión del futuro?, ¿Piensan solamente en ellos mismos? ¿Les estorba la patria grande? “¿Dices que nada se pierde? /Si esta copa de cristal/ se me rompe nunca en ella/ beberé, nunca más”.

Tomado de diario El Comercio Ec.

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