Juan Esteban Guarderas (columnista)

A veces me debato, ¿cómo explicar mejor el Estado ecuatoriano? ¿Construimos solo un castillo de naipes, la corrupción impidió cualquier fundamento estable, a merced del soplo de una catástrofe para venirse abajo? O, ¿es mejor explicarlo como un cuento para niños? ¿La democracia, la institucionalidad, son una ficción que nos ayuda a ser felices, como Papá Noel?Correcto, se podrían formular mil metáforas, todas acertadas, todas pesimistas. ¿Entonces qué? ¿Bajar los brazos?

Imposible. Imposible conformarse con la desarticulación. Imposible aceptar la fractura. Imposible alejarse y dejar que las polillas se terminen de comer lo que quede de estructura. Por lo tanto, ¿cómo construir una nueva esperanza?

A mí siempre me gustó la idea del contrato social. El ser humano se encuentra primitivamente en un estado de caos, de crueldad, de desarticulación (no muy, muy lejos de esta jungla en la que ahora estamos), donde “el hombre es un lobo para el hombre” (Hobbes utilizó esta frase de Plauto para explicar este estado). Insostenible. Y para salir de este caos, se hace un contrato social. Los humanos necesitan vivir en comunidad para progresar. Necesitan dejar de ser lobos para ser solidarios. Entonces acuerdan, entonces pactan sobre el respeto de unos mínimos. Y, sobre esto despega la civilización humana.

Aquí está mi esperanza. Se ha lanzado un Pacto Social por la Vida y por el Ecuador. Apropiadamente tiene dos propuestas. Entre la cacofonía de gritos y el despelote infantil en que nos encontramos, imponer el silencio. Establecer una tregua que permita la unidad que necesitamos para ganar esta guerra. Para enfrentarse a los alemanes en la Primera Guerra Mundial, los franceses idearon la “Unión Sacrée”, una unión nacional sagrada, una tregua a los conflictos internos. Solo así los 39 millones de galos podrían hacer frente a los 68 millones de alemanes. Pero no es una tregua pasiva, no es una oportunidad de que nos vean la cara. Se exige el respeto irrestricto de unos puntos esenciales.

Justo aquí va la segunda propuesta. El Pacto acuerda los mínimos esenciales que todos los ecuatorianos debemos preservar. El combate a la corrupción, la recuperación de la economía y la preservación del trabajo, el cuidado de la salud y del sistema nacional sanitario, la educación, la seguridad alimentaria y la economía agrícola campesina, la lucha contra la violencia a mujeres y niños, la preservación del ambiente.

Pensar que en este contexto se puede proteger estas esencias mientras se combate al Gobierno, mientras líderes políticos se desgañitan, mientras la sociedad civil desoye, es más que iluso, es simplemente loco. Este Pacto puede ser el fundamento para frenar la espiral destructiva. Claro que caben esperanzas.

Tomado de diario El Comercio Ec.

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